COLUMNA

Golpes Electorales

Al igual que usted, no tengo ninguna duda de que los cargos que en los últimos días se han estado haciendo a ex gobernadores priístas sean golpes electorales. Al igual que usted, tengo claro que en pocas semanas, sino es que en días, todos ellos habrán de ser exonerados por falta de pruebas y, una vez más, las autoridades habrán hecho el ridículo. También me resulta evidente, como a usted, que nadie se avergonzará porque los involucrados se sentirán completamente seguros de que no hay nada de qué avergonzarse: su actuación se habrá apegado al guión cuyo verdadero objetivo es desacreditar políticamente al partido opositor que goza de mayores preferencias entre el electorado y cuyo precandidato presidencial, Enrique Peña Nieto, cuenta con una ventaja tan amplia entre los votantes que puede presumirse desde ya su triunfo en las elecciones del 1 de julio.


Tengo certeza también, compartida con usted, de que, independientemente de que los cargos puedan ser sustentados o no, es muy posible que los señalamientos en contra de los presuntos cómplices del crimen organizado sean algo más que ataques políticos y advertencias para otros posibles implicados. Pero sé que difícilmente podrán probarse las supuestas complicidades, ya sea por vacíos legales, errores de procedimiento o fallas en la elaboración de los procesos acusatorios. No es ésta la primera ocasión, ni tampoco será la última, en la que mediante la espectacularización noticiosa se acusa a alguien de algún delito sin que sea posible conseguir sentencia alguna. Hechos como éste son comunes en México, especialmente en coyunturas políticas especiales, como la actual.


Llama la atención que a pesar de que actos como éste se repiten hasta el cansancio y de que las verdaderas intenciones de quienes los orquestan son demasiado visibles, haya quienes aún les otorguen validez. Son prácticas vigentes porque, por desgracia, continúan siendo eficaces. Por su existencia cotidiana, por su aplicación consuetudinaria, asumimos la necesidad de esas prácticas y no nos ocupamos de ver a través de ellas. Golpes como éstos dan cuenta de los pocos avances que en materia política hemos alcanzado y de lo complicado que será conseguir que México se convierta en un país verdaderamente democrático.


Curiosamente, la PGR decide actuar en coyunturas críticas. De pronto, las autoridades judiciales deciden hacer públicas investigaciones añejas o girar órdenes de aprehensión contra funcionarios pertenecientes a grupos políticos coyunturalmente incómodos o peligrosos. Las respuestas no se hacen esperar. El recurso es político, se quejan los acusados y las fuerzas a ellos allegadas. Éste ha sido el caso ahora. Peña Nieto y todas las fuerzas vivas del priísmo ascendente denuncian el uso malévolo del poder para desacreditar la marcha exitosa del tricolor rumbo a Los Pinos. Basta ya, gritan, de hacer uso político de la justicia. Reconozcamos, muy a nuestro pesar, que tienen razón: en una democracia, la política no debería mezclarse con la justicia ni con ningún otro ámbito de la vida social. Pero el asunto es más complicado que como lo hacen aparecer los ofendidos.


En primer lugar, el uso convenenciero y perverso del poder es una práctica que instituyó el PRI en sus años hegemónicos. La justicia se aplicaba, en esa época, con rigor y todavía más a quienes además de haber infringido la ley se atrevían a disentir o retar al poder constituido. La justicia era ciega mientras las complicidades y componendas no le devolvieran la visibilidad. La historia política mexicana registra innumerables casos de venganzas políticas que han significado cárcel y muerte a no pocos funcionarios y militantes. Y si quien o quienes resultaban incómodos a los que ocupaban las más altas posiciones no habían en realidad cometido falta alguna, las autoridades judiciales no tenían dificultades para fabricarles cuantas resultaran necesarias. Los priístas hoy, extrañamente, han olvidado que tal como se está procediendo ahora en contra de algunos de sus representantes, así ellos procedieron en contra de quienes les disgustaban o estorbaban.


Preocupa la desmemoria y la falta de autocrítica. Pregunta inquietante: ¿significa que sus quejas son coyunturales? ¿Se lamentan por lo ocurrido ahora pero validan el método? Es decir, ¿lo retomarán a su regreso? Yo, al igual que usted, no lo dudo, ni siquiera un poco.


En segundo lugar, la sustitución del PRI en el poder por otra fuerza, especialmente una que, como el PAN, tiene profundas raíces democráticas, debería haber implicado la desaparición de sus funestas prácticas. Pero no ha sido así. Los gobiernos panistas han repetido el guión que sobre el ejercicio del poder escribieron los priístas. Los gobiernos panistas se han sentido, paradójicamente, muy cómodos con el ejercicio autoritario del poder y con el uso de prácticas que contradicen su tradición demócrata. Han privilegiado la comodidad y la conveniencia sobre los principios y la honestidad. Además, en vez de hacer avanzar la legislación para evitar que el poder se corrompa, los gobiernos panistas han optado por agazaparse y permitir que los malos negocios continúen reproduciéndose. El crimen organizado habría cooptado menos áreas del estado si existieran leyes claras y se aplicaran con rigor, con prontitud y sin distinciones. En eso han avanzado muy poco los gobiernos panistas. Por si fuera poco, al igual que lo hicieron los viejos priístas, las panistas denuncian a los otros y encubren a los propios. De esa manera, seguimos igual. De allí que las defensas de la “legalidad” que hacen los voceros blanquiazules en este caso sean tan tramposas, huecas e hipócritas como los lamentos priístas.


Por último, estas prácticas antidemocráticas y bajas encuentran soporte en nuestra cultura política. Los ciudadanos aceptamos o rechazamos las acusaciones dependiendo de con quienes nos identifiquemos políticamente, con los acusadores o con los acusadores. Los argumentos son, igualmente, políticos y convenencieros. Por desgracia, los medios de comunicación hacen eco a los debates politizados de los asuntos y no colaboran en exponer la podredumbre de nuestra vida política y los muy escasos avances que hemos alcanzado referentes a la democratización de la vida nacional.


Las campañas, como tales, no han iniciado. Nos espera más de lo mismo. ¡Qué pena!


jocasa56@gmail.com y

Twitter: @jacalless





asl


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